
Érase una vez en una ciudad de Polonia, cercana a su capital, Barçovia, donde los ciudadanos polacos vivían felices, gracias a la magnanimidad de su gobernante. Por ello, cada cuatro años, cuando era la época de reelegir a su noble líder, estos los obsequiaban con su gratitud a través de los procesos participativos, otrora dichos democráticos, en los que los humildes ciudadanos podían expresar su alegría y apoyo incondicional al amado líder que tan justamente gobernaba su feudo. En nuestra aldea el amado líder, el barón Valmontov, permitía a sus súbditos expresar su fe con una votación donde podían refrendar su líder. En ella, más de 2.000 buenos ciudadanos, expresaron su apoyo al barón, hubo 8 que votaron en blanco, obviamente porque no sabían escribir. El resto, unos 80.000, como bien dice el refrán popular, quien calla otorga.
En una aldea cercana, otro magno gobernante, antes de presentarse como candidato al soviet se presentó delante las bases de su partido, que por muy extraño que pudiera parecer no era el único. Las bases debían decidir, que cosa tan absurda, que candidato querían. Afortunadamente sólo había una candidatura. Como comentó acertadamente un rotativo de la zona de cuyo nombre no me quiero acordar, ante el desatino de someter su continuidad a votación, las masas empezaron a aplaudir, para con su fe, proclamar su apego al amado conde Corbachov, y así anular cualquier posible insensatez que llevara a la disidencia.

Al parecer, cuatro militantes socialistas prorrumpieron el aplausos y los demás, acto seguido, adoptaron la misma medida aclamatoria. Falta saber si esos cuatro lo hicieron espontáneamente o si formaba parte del diseño del happening.
Caracolillos en Vaso